Recuerdos de mi infancia
Los
días de mi niñez fueron muy buenos, no tenía todo lo que deseaba, en cuanto a
lujos, pero si quería todo lo que tenía, lo poco que tenía.
Las cosas no eran fáciles pero mis padres se encargaban de hacer que las cosas
fueran muy buenas, mi padre en las tardes solía leerme cuentos de una cartilla
que llego a casa por manos de un primo que se había apoderado de ella, aunque pertenecía a la
escuela. Para ir a la escuela tenía que
caminar más o menos media hora, el
camino era lo mejor de ir a la escuela, contaba con la compañía de mi hermano,
y como nosotros éramos los que vivíamos
más lejos en el camino, nos íbamos
encontrando con más amigos.
En las mañanas a veces no se podía observar mucho,
pues si era tarde teníamos que apurarnos
pero al medio día el camino ya se convertía en una expedición; mirar que
había en la quebrada, si había por el camino un árbol de mandarina, mango o
cualquier fruta para quedarnos un rato ya fuera mirando o comiendo, hablando y
jugando. Había una parte del camino que como un bosque atravesado por la
carretera, nadie quería quedarse de ultimo era un poco tenebroso y los compañeros
colaboraban con historias de brujas y espantos que supuesta mente se aparecían a
los que pasaran solos por aquel lugar, y sí que lograron hacerlo parecer más tenebroso, por eso digo que lo mejor de ir a la escuela
era el camino y el descanso, algunas veces los profesores se ponían de acuerdo
para ir a bailar a una casa vecina y nos dejaban un buen rato de descanso, en los
que jugábamos en los dos patios que quedaban afuera de lo que comprendía el
encerrado de la escuela.
Escuchar
los pocos cuentos que habían en casa, era algo que en realidad me gustaba,
aunque en mi casa solo habían unas cartillas que eran de la escuela. Mi padre
era quien me leía, me gustaba tanto que me leyera, que no importaba si era
siempre los mismos cuentos. A veces empezábamos
con la montaña azul o con la
bailarina o con otros que ahora no recuerdo el nombre, mi padre se cansaba de
leerme y para que lo dejara y le dijera que ya no más, me leía con voz de
dormido, yo insistía para que siguiera, pero él me decía que ya era mucho por
hoy, aun no sé si era que él se cansaba muy rápido o era tanto el gusto de
escuchar cuentos lo que me hacía insistir. A mí no me importaba que fueran los mismos
cuentos, creo que sentía la misma emoción que la primera vez que me los había leído,
mi hermano también me leía, cuando estaba de buena gana para leer.
Cuando
yo aprendí a leer estaba tan contenta que leí tantas veces el mismo cuento, que
me lo aprendí
“mañana domingo de san Garavito se casa
la reina con un borriquito.
¿Quién será la madrina? María Catalina
¿Quién será el padrino? Don juan botijón
¿De qué hacen la boda? De un gallo capón
¿Con que lo revuelven? Con un mecedor
¿Con que lo reparten? Con un cucharon
¿Quién pone la mesa? la Santa Teresa
¿Quién pone el mantel? El Ángel Miguel.
Aún
recuerdo los dibujos a los lados del cuento, fue increíble para mi haber
aprendido a leer, cuando llegue a mi casa les leí ese cuento a mis padres tantas veces que me
dijeron que ya no más, que me leyera otro.
Lo primero
que recuerdo al pensar en la escuela es la formación antes de empezar la
jornada de estudio, en la que hablaba la coordinadora y se hacia la oración tradicional, ya en el salón
de clase recuerdo el salón decorado con las letras del abecedario con su
respectivo dibujo, siempre me llamo la atención la K de kiosco, pues siempre encontré dificultad para diferenciar el
sonido con la Q de queso y hasta con la C de casa, no recuerdo de qué manera logre superar esa dificultad
pero si recuerdo bien que me quedaba
mirando esas laminas, para lograr entender la diferencia y pronunciarlas en mi
mente.
Cuando
empecé a cursar segundo grado la profesora Leonor
no me quería, y es enserio ella no me quería, creo que mi hermano y yo le caíamos
mal, en un salón habían dos grupos divididos por un tablero y ella, la profesora
Leonor era la encargada de los dos grupos, mi hermano ya había tenido la
desdicha de ver clases con ella y en una ocasión quiso obligar a mi
hermano a entrar a una misa, cuando él
le contó a mi madre ella se puso furiosa y el día de la reunión de entrega de boletines
le hizo el reclamo a la profesora, creo
que era por eso que no le caíamos bien, por el reclamo de mi madre, así que tomando
lista se dio cuenta o bueno tal vez confirmó las sospechas (ya que nos
parecemos bastante con mi hermano) de que yo era hermana del “chino” que había dado
quejas a la mamá. Bueno, entonces ella en clases me hacía pasar al tablero y
era como si le gustara hacerme pasar y hacer que mis compañeros se rieran ya
fuera porque no hacia la letra bonita o por equivocarme en una suma o resta, pensándolo
bien esa profesora me hizo bullying.
Así dure
casi dos meses en clases con ella, llorando y deseando no volver a la escuela
para no tener que ver a esa profesora, es que en realidad yo hasta intente caerle
bien, le escribí una carta y lleve flores de las habían en los jardines de la
escuela, todas las demás lo hacían y a la profesora parecía gustarle así que yo
decidí intentar hacer lo mismo a ver si cambiaba la situación pero no, la leyó y
me dijo que yo tenía la letra fea, que tenía
que mejorar, pero con la actitud más podrida que le había visto a ella, así que
ya no había solución, y cansada de llorar y mis padres cansados de
verme así decidieron que volviera a repetir primero, esa no fue la mejor solución
pero era la única disponible, no volví a tener un “problema” así con ningún profesor,
hasta que llegue a la universidad pero eso creo que después lo contare.
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